Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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martes, 28 de febrero de 2012

Nuestra bandera


Palabras del Padre Leonardo Castellani para homenajear a nuestra Bandera

Domingo 26 de Febrero de 2012

En el día en que nuestra insignia patria cumple 200 años desde su creación, muchas son las palabras que se escribirán acerca de este acontecimiento. Unas de las tantas confluyó en forma de semblanza, que el Padre Samuel Molina nos ha enviado para que compartamos con todos los lectores de nuestra publicación por internet, y cuya autoría corresponde al clérigo Leonardo Castellani:


"Nuestra bandera nació en un pedazo de pampa, junto al río inmenso y melancólico, en tiempos de guerra y de heroico apuro. No es símbolo de ninguna herejía, no es símbolo de ningún capitalismo, de ningún imperialismo, de ningún rencor fratricida; no ha amparado piratería ni conquistas injustas, ni siquiera venganzas criminales… Yo quisiera decir que los males que sufrimos hoy como pueblo los argentinos no son fruto de los crímenes nacionales, sino más bien de la imprevisión y de ingenuidad, de superficialidad y de ignorancia en último caso."

PADRE LEONARDO CASTELLANI.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Sermón del polvo

Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris 
(“Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”).

El polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista. En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera. Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: “Los ciegos ven”; la comparación que usó en la parábola: “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo”.

A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: “Anda a lavarte en la piscina de Siloé”.

Señor, ¿qué hacéis? ¿Polvo para curar a un ciego? ¿Saliva para curar la ceguera? La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve.

Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo. “Y fue, y se lavó y vio” —dice San Juan— “volvió viendo, volvió sanado”.

Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver. Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano. Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios”. Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.

“¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Libro del Génesis, III, 19).

Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males. ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto! A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo. Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.

Y por eso, Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de este día nos manda el ayuno, pero nos prohíbe la tristeza. “Cuando ayunéis —dice— no os pongáis tristes como los hipócritas”.

Y ¿cómo haremos para no estar tristes teniendo que sufrir el cuerpo? No poniendo nuestro tesoro en el cuerpo, que es polvo, ni en las cosas de la tierra, que son polvo, sino más arriba. “Y vuestro Padre que está en los cielos os lo pagará allá arriba. No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y el gorgojo los deshacen, el ladrón rompe y los roba. Amontonad tesoros en el cielo, donde ni polilla ni gusano deshacen, ni el ladrón rompe y roba”.

La polilla y el gorgojo son las miserias de esta vida; el ladrón es la muerte, y el tesoro es lo que buscamos y deseamos, nuestro ideal y nuestro último fin.

El mundo moderno ha exaltado demasiado al hombre y lo ha deprimido demasiado; lo ha adulado y lo ha calumniado, y alternativamente —contra la Iglesia, que le dice: “Tú eres polvo”—, le dice: “Tú eres un semidiós”, y después le dice: “Tú eres una podredumbre”. El mundo miente, y es condición de mentirosos tener que corregir una mentira con otra mentira más grande. El siglo de la filosofía del superhombre es el siglo de la filosofía del pesimismo; el siglo del confort y de los placeres es el siglo del bolchevismo y del pauperismo; y el siglo de los grandes hallazgos científicos, el siglo de las grandes miserias morales; el siglo pacifista es el siglo de la Gran Guerra; el siglo de las luces es el siglo de la ignorancia religiosa.

Yo hojeo nuestras revistas, nuestros periódicos, oigo nuestros doctores y nuestras universidades… ¿Y qué veo?

“Hombre —exclama el mundo— tú eres libre; no te sujetes. Tú eres rey; no obedezcas. Tú eres hermoso; goza; todo es tuyo. Pueblo soberano, tú no debes ser gobernado por nadie, sino gobernarte a ti mismo. Rey de la creación, la ciencia y el progreso ponen en tus manos la tierra toda. Animal erguido y blanco, tu cuerpo es hermoso, no lo ocultes. Tu cuerpo es la fuente y el vaso de un mundo de placeres: bébelos. El dinero es la llave de este mundo: procúratelo. Los honores, las dignidades, el mando son un manjar de dioses; la fama es el ideal de las almas grandes; la ciencia es la aristocracia del alma. ¡A luchar! ¡A arrebatar tu parte! ¡A triunfar! ¡A echar fuera a los otros! ¡Si eres pobre: asalto a los ricos! ¡Si eres rico: exprime a la plebe!”.

Señores, ¿y el gusano y la polilla? El semidiós, el superhombre se encuentra con el gusano y la polilla. Enfermedades del cuerpo, tiranía del pecado y del instinto, hastío de los placeres, temores en la riqueza, pequeñez del entendimiento, disgustos en el poder, miserias de la conciencia, limitación del alma; contrastes familiares, fracasos sociales, grandes desastres nacionales, polillas del polvo humano, ¡cuántas hay! y ¡cómo las llevamos todos escondidas y cómo han aumentado desde que la fe ha disminuido y el pecado crecido!

Y entonces, cuando comienza a deshacerse el ídolo de polvo en el que se había puesto el tesoro y el corazón, cuando la dura realidad tarde o temprano disipa los castillos basados sobre la mentira, ¡ah! entonces, señores, los maestros de la mentira os cantarán otra canción muy diversa, os consolarán con la canción del odio, el desencanto y la desesperación.

“Hombre: eres un absurdo, un enigma, una miseria. Tu nacimiento es sucio; tu vida, ridícula; tu fin es desconocido. Engañado por los fantasmas de las cosas hermosas que te prometen la felicidad, corres sin saber adónde, dando tumbos por la vida, hasta dar el gran salto del que nadie vuelve, a la noche de lo desconocido. Tu hermano, a tu lado, es un lobo para ti; tu superior, arriba, es un tirano; el apóstol que te predica, te engaña y te explota. No sabes nada de nada, no puedes nada contra tu destino. Tus ideales más grandes, tus ensueños más hermosos: el amor, la religión, el arte, la santidad… ¿quieres saber lo que son en el fondo? Son solamente sublimaciones del instinto del sexo que llevas en la subconsciencia. La vida no vale la pena de ser vivida”.

He aquí las dos grandes mentiras del mundo. Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad —una mentira pura no se podría sostener—. El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo. Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final.

“Dios modeló al hombre del limo de la tierra y le sopló en la cara un viento de vida”, dice el Libro del Génesis. Por lo tanto, señores, el hombre está hecho de dos cosas: de cuerpo y de alma; está hecho de un poco de barro y de un soplo de Dios: una cosa inferior tomada de la tierra y una superior bajada del cielo. Que lo superior domine lo inferior, que el alma mande y el cuerpo obedezca: aquí tenéis el orden, la armonía, la felicidad; aquí tenéis el primer plan divino, el estado de inocencia original de Adán y Eva, el primer retrato de semidioses que nos hace el mundo. Pero la fe nos enseña y el mundo ignora que el hombre por el pecado subvirtió este orden, deshizo esta armonía, perdió esta felicidad, y entonces el cuerpo se sublevó contra la inteligencia, la carne se zafó de las manos del espíritu, la materia oprimió al alma. “Y conocieron que estaban desnudos; se avergonzaron, temieron la ira de Dios y se escondieron entre las hojas”. Es decir: el hombre sintió el castigo de su desobediencia, en la desobediencia de los miembros de su cuerpo y de las facultades de su alma, en el terrible desorden, guerra, tristeza que no tenían remedio, sino en la misericordia de Dios, porque el hombre culpable, herido en lo natural y despojado de lo gratuito, no podía redimirse a sí mismo.

Éste se llama el estado de la caída, el segundo que el mundo nos describe, cuando le pedimos un segundo retrato del hombre. El primer retrato es un semidiós, el segundo retrato es un gusano. Y mirad, señores, cómo miente el ciego guía de ciegos. Estos dos estados, estado de semidiós y estado de gusano, estado de justicia original y estado de caída, son dos estados históricos del hombre; porque, efectivamente, hubo un momento en que el primer hombre fue inocente y un momento en que fue irreparablemente culpable, pero dos momentos que no existen más ni volverán a existir, dos estados pasados, ya que el actual estado del hombre implica la caída y la redención, es el estado del hombre lapsus-reparatus, caído en Adán y redimido por Jesucristo Hijo de Dios y Señor nuestro.

Para librarnos de los engaños del mundo, de la seducción, la fascinación, la atracción del polvo de la vida, la Iglesia nos echa a la cara el polvo de la muerte. ¿Cómo haré, dice la Iglesia, para que el hombre no se aprecie demasiado y no se desprecie demasiado, para que no se ensoberbezca y no se desaliente? ¿Cómo haré para que en este tiempo de Cuaresma se abaje y se levante: abaje el cuerpo por el ayuno, levante el alma con la oración; para que desprecie los tesoros de la tierra y ponga su tesoro en el cielo? ¡Es tan irresistible la seducción de lo que se ve, de lo que se toca, de lo que se siente! Pues bien; lo haré ver, tocar, sentir qué cosa es lo que él desordenadamente ama. Llamaré en mi auxilio a la muerte. “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”. ¡He aquí lo que os impide amar a Dios, he aquí lo que pone en peligro vuestra eterna felicidad! ¡Polvo!

En un antiguo auto sacramental del teatro español, aparece la Muerte armada de espada y daga para hacer un sermón a los hombres. ¡Qué gran predicador la Muerte! Entra la Hermosura, una gran dama vestida, adornada, engalanada; todo es seda y oro, todo jazmines y rosas; todo es gracia y gentileza; los hombres están locos por ella y ella está loca de sí misma. La Muerte la toca con su espada, y se convierte en un cadáver hinchado y repugnante.

No era necesario el ladrón, bastaba la polilla; no era necesaria la muerte, bastaba el tiempo, el tiempo… tranquilo e implacable marchitador de todas las flores, el tiempo con su calva, sus arrugas, su joroba, sus achaques. Pero como hoy han inventado ciertas pinturas y ciertos postizos para matar la polilla y hacer la guerra al Tiempo, vamos al ladrón, a la Muerte. Levantad la losa y mirad la hermosura tocada por la muerte: es un montón de podredumbre, una cosa que no tiene nombre en ninguna lengua. En esto ha parado todo: era, pues, una cosa caduca, pasajera, accidental. Pasó y se llevó mis tesoros, dirá el libertino; la felicidad de mi alma en la otra vida, la paz de mi alma en esta vida, la salud de mi cuerpo, la firmeza de mi carácter. ¡Oh, muerte, cuán amarga es tu lección para el que pone su fin en los placeres!

Entran las Riquezas, señores, pisando fuerte, mirando alto, vistiendo elegantemente, con gran cortejo de criados, de amigos y de parásitos. La Muerte lo toca, y el Rico se convierte en un esqueleto. Huyen los amigos, desaparecen los aduladores; y los parientes, con un ojo llorando y con el otro repicando, se apresuran a esconder bajo tierra al que se fue tan oportunamente. Se fue solo, con las injusticias que cometió para ganarlas, con las iniquidades que hizo para conservarlas y con los pecados que perpetró para gozarlas. En verdad os digo que los ricos difícilmente se salvan. ¡Oh, muerte, cuán amargo es tu recuerdo para el que pone su fin en las riquezas!

Entra el Poder, señores; entra un Rey con su corte, soldados, sabios, políticos, lanzas, clarines, cien pendones al viento. La Muerte lo toca, y todo se convierte en polvo: el polvo que fue Menfis, el polvo que fue Nínive, el polvo que fue Cartago, el polvo que fue Roma. La Muerte, señores, manda más que los reyes y es más duradera que las naciones. Pero la gloria —me decís—, la gloria queda. Sí, señores, la gloria eterna con que Dios glorificará a los pobres y humildes de corazón, la gloria eterna queda. No —me decís—: la gloria terrena, también la gloria terrena queda. ¡Ah, señores! ¿Qué es la gloria terrena?… Un día visitaba el sepulcro de los Escipiones, en Roma. Es un montón de ladrillos medio sepultado en un campo al lado de una calle polvorosa y solitaria. Un guardia lo acompaña al visitante por unos sótanos oscuros y húmedos y le explica que en la Edad Media los campesinos llevaron los mármoles para hacer casas y en la Edad Moderna unos bodegueros hicieron una bodega para guardar el vino, donde reposaban el poeta Ennio, Escipión Emiliano, el primer Africano y Escipión el Asiático. Este pedazo de hueso, este pedazo de húmero, es probablemente del primer Africano. Esta es la gloria de la tierra, señores. Un nombre en la historia: un pedazo de hueso que se muestra a los turistas.

Contra el Gran Ladrón nocturno ninguno puede. A todos espera, a todos alcanza, a todos vence. Ha vencido la Hermosura, el Poder, las Riquezas, las Naciones y la Fama: vamos a juntar a todo el mundo contra él, a ver si lo vence. Mueren los individuos, pero queda la especie; mueren los hombres, pero permanece el género humano; mueren las naciones, pero queda el Mundo. El Mundo contra la Muerte.

Señores, mirad qué es el Mundo. Nosotros somos hormigas al lado de todo el mundo, de los mares, de las montañas y de las estrellas. Los millones y millones de hombres con sus riquezas y sus posesiones, sus inventos; las maravillas del arte, de las letras, de la ciencia; los monumentos, las vías de comunicación, las máquinas; las grandes organizaciones y las grandes edificaciones eternas; el trabajo de siglos acumulado pacientemente para hacer una torre que llega hasta el cielo.

El Mundo Universo contra la Muerte. La Muerte lo toca, ¿y qué sucede? Sabemos lo que sucederá hasta en sus menores detalles. El sol se oscurece, la luna se pone de color de sangre, las estrellas caen del cielo como higos maduros, el mar se pone a dar bramidos, los hombres todos reunidos para hacer la guerra a Dios y su Cristo huyen despavoridos; y en medio de la tribulación más grande que ha habido desde el principio de los siglos y después de una tremenda aunque breve agonía, este mundo pasó y toda su gloria se convirtió en nada.

Señores, es menester decirlo: en el siglo del progreso indefinido, de la evolución creadora, en que muchos hombres, cansados de esperar la Segunda Venida del Cristo, dijeron: “No viene más” y dormitaron y durmieron.

Lo que la razón sospecha, la fe nos lo asegura: este Mundo, que tuvo principio, tendrá también fin. No sabemos el día ni la hora, pero sabemos que tenemos que vivir vigilantes. No sabemos si falta mucho todavía, pero sabemos que vendrá el Gran Ladrón cuando menos lo esperan.

Os he hecho un gran espectáculo de desolación y de ruinas; he tomado la Muerte y he reducido a polvo la carne del hombre, las obras del hombre y el mundo todo del hombre. Sobre este montón de ruinas, ¿qué queda, sino la tristeza y la desesperación? Así es, señores, si fuésemos filósofos pesimistas; pero somos hijos de la Iglesia; no somos cultores de la muerte, sino hijos de la Vida.

El autor del Libro del Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, después de haber mostrado amargamente la vanidad de las cosas terrenas, no concluye, señores, la desesperación, sino que concluye la moderación.

Después de haber recorrido la vanidad de los placeres que dan hastío, la vanidad de la ciencia que aumenta el sufrimiento, la vanidad de las riquezas, del poder, del nombre, de la fama, de la hermosura, el autor sacro irrumpe en conclusiones de sentido común, de moderación y de templanza. “Hay que despreciar todo lo caduco, hay que usar moderadamente de la vida, hay que usar también templadamente de los placeres y alivios que la hacen serena y llevadera, y sobre todo hay que temer a Dios, cumplir sus mandamientos y recordar su juicio”. “Teme a Dios y observa sus mandamientos, porque esto es todo el hombre”.

Es curioso que no dice: “Cumple los mandamientos de Dios, porque eso es el alma del hombre. El cuerpo es polvo; cumple los mandamientos para salvar tu alma”. No, señores: “Cumple los mandamientos, porque eso es todo el hombre, cuerpo y alma”. Señores, el que se salva, salva su cuerpo y su alma: envía su alma al cielo y envía el montón de polvo de su cuerpo a la tierra, como semilla de resurrección.

Hombre verdaderamente sabio, prudente y juicioso, señores, el que se salva. No nos está prohibido desear riquezas, sino desear riquezas mentirosas. ¿Cómo se pueden asegurar las riquezas contra un ladrón? Mandándolas a la caja de seguridad. Ese es el consejo de Cristo: por medio de la limosna, enviad vuestras riquezas donde no hay ladrones, para que allá os esperen.

¿Cómo se puede asegurar el grano de trigo contra el gorgojo? Hay que sembrarlo. Es el consejo de Cristo: “Si el grano se hunde en la tierra y muere, después brota y hace grande fruto”.

Así nuestros cuerpos, hundidos por la humillación, deshechos por la mortificación, pulverizados por la muerte, brotarán un día con nueva vida y florecerán como rosas bajo el sol de la Inmortalidad.

viernes, 17 de febrero de 2012

Modernismo

-¿Qué es el modernismo? –pregunté yo.

El judío se rascó la cabeza. Parecía agotado.

-No se puede definir brevemente – dijo con voz plañidera –. Es una cosa que era, y no es, y que será; y cuando sea, durará poco. Técnicamente los teólogos llaman modernismo a la herejía aparentemente complicada y difícil que condenó el papa Pío X en la encíclica Pascendi; pero esa herejía no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fue el filosofismo del siglo XVIII, en el cual con certero ojo el padre Lacunza vio la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas. Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo:

“Cuá cuá – cantaba la rana
cuá cuá – debajo del río”.

-¿Y qué dice?

-¡Cualquiera interpreta lo que dice una rana! –dijo riendo el rabí –: es más un ruido que una palabra. Pero es un ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de signos y prodigios… Atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta.

-Pero al menos así aproximado, a bulto…; ¡ánimo don Benya, no se achique!

-El cuá-cuá del liberalismo es “libertad, libertad, libertad”; el cuá-cuá del comunismo es“justicia social”; el cuá-cuá del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: “Paraíso en Tierra; Dios es el Hombre; el hombre es Dios”.

-¿Y la democracia? –pregunté yo.

-Es el coro de las tres juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa:

Demó – cantaba la rana
cracía – debajo del río.

-¿Y la democracia cristiana? – le dije sonriendo.

-Nunca he entendido del todo lo que entienden los entendidos por ese compuesto, aunque entiendo que se puede entender por él varias cosas buenas –barbotó él –, a saber: “amor al pueblo”, “representación popular”, “participación de todos en lo político”, o simplemente “gobierno bueno” –gruñó el judío – . Con este mixto no me meto; con el simple me meto yo, ¡con el simple! Con la canción de la rana, que significa un régimen político religiosamente salvífico y por lo tanto necesario y hasta obligatorio para todos los pueblos “núbiles” que decía Víctor Hugo. Lo cual es una simpleza. Y una herejía definitiva contra el vero Salvador, contra “el único hombre que puede salvar al hombre”, que dijo San Pedro. “Las nuevas herejías ponen el hacha no en las ramas sino en la misma raíz” – dijo Pío X en la encíclica Pascendi.

-Pero herejías siempre las ha habido, y algunas muy extremadas y perversas… ¿por qué estas tres de ahora han de ser las Tres Ranas o Demonios [que menciona el Apocalipsis]; y no quizá otras tres cualesquiera… por ejemplo, otras tres que surjan en el futuro de aquí a mil años, pongamos por ejemplo?

-¡Eche años! –dijo el hebreo con un rictus –. No, éstas son las tres primeras herejías con efecto político y alcance universal; y son las tres últimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son literalmente los pseudocristos que predijo el Salvador. En el fondo de ellas late la “abominación de la desolación”…

-¿Qué es la “abominación de la desolación”? Tengo entendido que los Santos Padres entienden por esa expresión semítica la idolatría…

-La peor idolatría. Pues en el fondo del modernismo está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y eso bajo formas cristianas y aun manteniendo tal vez el armazón exterior de la Iglesia. ¿Ha leído usted The soul of Spain del psicólogo inglés Havelock Ellis?

-No. ¿Qué dice?

-Es un libro de viajes por España. Lea usted el capítulo titulado Una misa cantada en Barcelonay verá lo que quiero decir cuando hablo del modernismo.

-¿Ridiculiza la misa cantada?

-¡Qué! ¡Al contrario! La cubre de flores, la colma de elogios… estéticos. Dice que es un espectáculo imponente, una creación artística y que no hay que dejar caer esa egregia conquista del “patrimonio cultural” de la humanidad, sino procurar que se conserve y perfeccione…, podada ,eso sí, de la pequeña superstición que ahora la informa, a saber, la presencia real de Cristo en el Sacramento… Anulada esa pequeña superstición, todo lo demás…

-¡Pero si eso es el alma de la ceremonia, es el núcleo central que le da sentido y, por tanto, la vuelve imponente! –exclamé yo riendo –. ¿Cómo se puede podar eso? ¡Quite usted eso y la ceremonia queda vacía! Podar en este caso significa mutilar, aniquilar….

-En efecto, queda vacía… –dijo el judío –, queda vacía hasta que otro ocupe el lugar de Cristo en el Sacramento.

Se estremeció. Yo lo miré un rato en silencio, y viendo que él volvía a sus buches y el sol se ocultaba detrás de la lejana copa azul de San Pedro, salí en busca del tren, del ómnibus o de lo que encontrase, muy meditabundo.

“Los papeles de Benjamín Benavides”

jueves, 9 de febrero de 2012

Aprieta

Se agarraron al fin en una mañana tostada por un sol de enero, se agarraron como todo el mundo en el ribazo sabía que se te­nían que agarrar, hasta el infelicísimo, el distraidísmo Tatú.
-¿Sabe que su amiga, compadre Apereá, la-que-refala-sin-ruido, está buscando y me parece que va a encontrar?
-¡Por amor de Dios, hable bajo! -dijo el Cobaya, que tiembla de oír solamente el nombre de la venenosa.

miércoles, 8 de febrero de 2012

infoCaótica: El aristócrata y el mercader

infoCaótica: El aristócrata y el mercader: “Yo no sé que va a pasar con el resto de la aristocracia que nos queda. Es decir, yo no sé que va a ocurrir con el predominio de las facult...

martes, 7 de febrero de 2012

Lo mismo


No arrojará cobarde el limpio acero
mientras oiga el clarín de la pelea
soldado que su honor conserva entero.

Ni del piloto el ánimo flaquea
porque rayos alumbren su camino
y el golfo inmenso alborotarse vea.

¡Siempre luchar! Del hombre es el destino
y al que impávido lucha, con fe ardiente
le da la gloria su laurel divino.

Por sosiego suspira eternamente
pero ¿dónde se oculta, dónde mana
desta sed inmortal la ansiada fuente?

En un mañana que es siempre Mañana.

Vil aunque vivo y victorioso vaga
el vicioso, del mundo cortesano
y de placeres fútiles se embriaga.

Nada respeta su inconsciente mano
rompe la rama por coger las flores
y estrago siembra en el pensil humano.

Y de inmaduros frutos los colores
pintones muerde y luego arroja al cieno
sin cuidar de la estela de dolores.

Mas el hombre de espíritu sereno
cava en su suelo hasta topar la roca
y enjuga en sí todo cogüelmo obsceno.

Con la verdad los ídolos destoca
lentamente el metal prueba, y su llama
separa el oro de la escoria loca.

Y caballero de la limpia fama
seguro va de espuela, brida y freno
donde la voz de una injusticia clama

Quijote y Sancho, Cid, Guzmán el Bueno.

Sin tregua combatir por el que gime
de alguna realidad profunda y santa
viendo entre sombra el vislumbrar sublime.

Moviendo osado la maltrecha planta
de escombros de la edad que ya agoniza
hacia una nueva edad que se adelanta.

En ademán que al vulgo escandaliza
por loco o necio siempre fue tenido
el que persigue su invisible liza.

De una belleza incógnita movido
el desbocado hidalgo de Cervantes
se ríen todos si le ven caído.

Acomete a quiméricos gigantes
de su imaginación completa hechura
al menos a los ojos ignorantes.

Con su lanzón y yelmo se figura
de vestiglos limpiar toda la tierra
y ni Sancho respeta su locura.

Pero él descansa en permanente guerra…

Oh fresco valle, donde crecen rosas
eternas de ilusión, y hay azucenas
trampas de mariposas codiciosas

en vano intentas inflamar mis venas
de imágenes de ególatras amores
mientras haya una esclava entre cadenas.

¡Ay! suenan del rebaño los clamores
grita aún ¡Barrabás! la muchedumbre
y suben a la cruz los redentores

y aún desangra en la oprobiosa cumbre
quien fue león en veste de cordero
y su poder vistió de mansedumbre

y los mártires hacen al madero
infame, con su sangre, leño santo
para salvar al universo entero...

y yo riego su planta con mi llanto.

Resistir es vivir; el llanto es santo
cuando en él bebe en misteriosa esencia
la flor del alma su inmortal encanto.

Amigos, no neguéis la Providencia
cuando encontráis ese rocío frío
que es prenda de perdón y de clemencia.

Majestuosamente el gran navío
batido y con alguna vela rota
entra, dejando atrás el mar bravío.

Así halla el justo al fin de su derrota
libre ya del turbión embravecido
vencedor del turbión que ya no azota.

el puerto del descanso o del olvido.

Manresa, 17 de agosto de 1947.

El Libro de las Oraciones
[Gentileza L. Gallardo.]

lunes, 6 de febrero de 2012

Reportaje a Juan Manuel de Prada por ACI Prensa


Destacado autor católico argentino “resucita” en España
ACI Prensa
El reconocido escritor y crítico literario Juan Manuel de Prada, "resucitó" en España la obra del autor, apologeta y sacerdote jesuita argentino Leonardo Castellani (1899-1981) en un total de cuatro libros entre los que destacan "Como sobrevivir ...

http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=35969


ACI Prensa

viernes, 3 de febrero de 2012

La defensa del football

UTILIDAD EDUCATIVA DEL DEPORTE

Wee Willie Winleie
Runs through the town
Up stairs and down stairs
In his night-gown...
Turling at the window
Crying at the lock
Are the weans in their beds
For it's now ten o'clock.



                Días pasados tuve una discusión con mi tío Cipriano—por causa de un catálogo de football y box que me traje de Harrods —sobre los deportes.
                — No, tío — le dije respetuosamente — . En eso no hacemos migas. El fútbol es una gran cosa.
                —Sí, para formar caballos.
                —No, tío. No me va a encontrar ningún caballo que juegue al fútbol. O por lo menos que juegue bien. No es broma, tío. El fútbol tiene más intríngulis de lo que algunos piensan.
                —¿Intríngulis quiere decir el tobillo amoratado de una coz que trajiste a casa el otro día?
                —Ese tobillo, tío, ya se lo he dicho, me lo hizo uno que no sabía jugar al fútbol. ¿Ustedes creen que jugar al fútbol es patear al rumbo? El que patea a otro, se le cobnfree-kiky pierde el team por causa de él, y los compañeros le gritan: "¡Mira, idiota, lo que nos pasa por no fijarte!". Y los contrarios gritan: "¡Muía amaestrada del circo Sarrasani!".
                —¡Mira que lindo modo de hablar aprenden en el fútbol! —dijo mi hermana mayor.
                —¡Mira vos, calíate, Chela, porque nadie te ha dado vela en este entierro!
                —Oy, Jesús, qué fino se va poniendo este chico —dijo Chela, muy remilgada.
                —¿Así se trata a su hermana, caballerito?—dijo mamá, severa.
                Una de las grandes desgracias que puede sucederle a un muchacho en este mundo es tener hermana, y la mayor de todas es tener hermanas mayores. Yo tengo dos, que quisiera mejor tener dos diviesos. Con los hermanos uno se puede arreglar lo más bien, sobre todo si son más chicos, como los míos. Pero las mujeres son enredonas y nadie las entiende. Criticonas que no hacen más que reírse de uno y no saben jugar a nada. Pellizcan espantosamente, y si uno les da el bife más insignificante, enseguida lloran y mamá les da la razón y me dice que no soy caballero y otras cosas bien duras. Finalmente, cuando tienen un año más que uno, se piensan que pueden mandarlo y gobernarlo como si uno fuera sirviente suyo.
                —Lo que a mí me displace en esos depogtes ingleses — salió Mile. Boguet, que es la institutriz de Chela—, es que echan a pegdeg las buenas manegas. Aprenden allí unas manegas de brutos... La esgrima, que es el depogte de Francia, es un depogte fino...
                —El hombre para ser hombre, tiene que ser un poco bruto —dije yo.
                —Eso se lo enseñan esos amigotes guarangos que este
mocito va sacando ahora —dijo Chela.
                —El hombre más hombre debe tener maneras—dijo serio mi padre —. Lo cortés no quita lo valiente.
                —Pero las maneras del hombre no son las de las mujeres — dije yo —. Lo que quiere Chela es que yo haga un papel comilfaut cuando vienen las Lassaga a tomar el té con ella, que vaya a sentarme en la sala a hablar de sonseras. ¡No las puedo ni ver! ¡Primero me voy al Colegio toda la tarde a estudiar Cosmografía, que es lo último que se puede decir! Y últimamente, en el fútbol no se aprenden guaranguerías. En el fútbol no hay que irritarse, y eso es ser sufrido; no hay que hacer trampas, y eso es ser leal; hay que someterse al refere, y eso es ser disciplinado; hay que jugar combinado, y eso es ser generoso. Y si no, free-fdk que te crió. ¿No son éstas maneras de hombre? El fútbol ha sido inventado por un pueblo de gentlemen *.
                —¿De qué?
                —De gentiles-hombres. Para jugar al fútbol hay que ser todo un hombre.
                —¿Tú me tienes a mí por un hombre?
                —Sí, querido tío.
                —Pues en mi tiempo no se jugaba al fútbol ni por pienso.
                Es de saber que en el tiempo de mi tío las cosas eran mejor que ahora. Pero mi parecer es que ya no estamos en el tiempo de mi tío, sino en el nuestro, y por lo tanto no hay más remedio que contentarnos con lo que tenemos. Así se lo dije, añadiendo que en mi opinión los porteños, en general, no perderíamos nada haciéndonos más varoniles, ya que no lo somos tanto ahora (según mi tío), como en el tiempo "en que los muchachos no usaban gomina". Era un argumento terrible, porque éste precisamente es uno de los tópicos favoritos de mi tío.
                —La virilidad del varón—retrucó éste—no se mide por aquí, sino por aquí (dándose un gran bife en la frente). El hombre vale por esto (otro bife) y no por los pies, en lo cual cualquier rocín gana.
                —¡Ah, entonces usted piensa que yo, porque juego al fútbol, no me distingo por también esto"—dije yo con otro bife en la frente.
                —Hijo, por de pronto, todo el tiempo que gastas en el fútbol, no estudias.
                —Y todo el tiempo que duermo, tampoco. Pero si juego un buen match el jueves, estudio mejor toda la semana.
                —Ya sabes, Manuel, que el médico le ha recomendado el ejercicio — dijo mamá.
                (Se me ensanchó el corazón. Mamá empezaba a ponerse de parte mía. ¡Oh, buena, dulce, discreta mamá, que sabe lo que es tener una discusión uno sólo contra toda una sobremesa!).
                —Moderadamente y como gimnasia recetada por el médico, como medio higiénico-terapéutico, pase. Pero esa fiebre futbolística que ha invadido a toda la juventud contemporánea... — empezó mi tío.
                —Perdón, tío; pero es que a toda la juventud contemporá¬nea se lo ha recetado el médico —dije.
                —Efectivamente. Los deportes yo los tengo por necesarios a las grandes ciudades modernas — dijo mi padre.
                (Mi padre también. ¡Magnífico!).
                —Cuando se juega tanto, tío, por alguna razón será—dije yo — .El entusiasmo del mundo moderno por los deportes no puede ser inmotivado.
                —Es artificial—dijo mi tío—, provocado por los diarios y los profesionales. Si se jugara tanto, como dice; pero se juega poco. Se mira y se habla mucho. Se habla sobre todo. ¡Qué disgusto me da oir hablar a los niños de ahora! ¡No tienen en la boca más que el gol y el chut y el arco, la patada, Firpo, Tesorieri! Nos vamos embruteciendo.
                —¿Y qué le gustaría más a usted, oir a dos muchachos de cuarto año como yo, decirse: "¿ Viste, che, el chut esquinado que tiró Giardino ayer, como un teorema ? ", o bien decirse: "¿ Viste la cinta de ayer, che, cuando la princesa sale del castillo a escondidas de sus padres para fugarse con el trovador?". Vamos a ver, ¿cuál le gustaría más?
                —Ninguno. Lo que me gustaría más sería que hablasen de cosas serias e instructivas.
                —Los muchachos no podemos hablar de cosas serias. No las sabemos. Las estamos aprendiendo. Nuestros padres y maestros hablan por nosotros de cosas serias y después nos las dan hechas en pequeñas dosis. El muchacho que reza, obedece, juega y estudia, ya ha cumplido. ¡No me venga a contar usted a mí que en su tiempo hablaban los muchachos de sociología!
                —Lo que yo censuro no es el juego en sí, es el entusiasmo exagerado de las turbas. Revela poquísimo ideal, poquísima elevación de miras, un materialismo craso, el culto animal de la fuerza...
                —El pueblo tiene que admirar alguna cosa, tío. Ay del pueblo sin entusiasmo. "We life of admiration, hope and love", dijo un poeta. (Para que vea si sé solamente jugar fútbol). "Ilfaut que les pauvres gens aient aussi son ideal", dijo otro. ¡Que vayan las masas a ver partidos atléticos para respirar aire puro y olvidar que son desdichadas, tío!
                —¿Y no pueden entusiasmarse por cosas un poco más elevadas que la fuerza bruta?
                —No. No están a su alcance. ¡Ah! ¿Entonces usted cree que lo que admiran las multitudes clamorosas en torno de los estadios, desde Pericles acá, es la fuerza bruta?
                —Pues, ¿qué admiran entonces? —La inteligencia y la belleza. —Anda.
                —Un partido de fútbol es una cosa bella. Un partido de football no lo ganan los pies, sino la inteligencia.
                —Sí, eso es, por medio de logaritmos.
                —Diga que usted nunca ha visto un partido de football bien jugado.
                —Lo he visto y me parece un espectáculo estúpido.
                —Pues es un hermoso espectáculo. Aire abierto, la cancha verde y el cielo azul maravilloso: ése es el limpio teatro, con el sol por candilejas y el viento por ventilador. Las camisetas rojas y azules que se esparcen por él como grandes flores, que se desparraman ordenadamente a tomar sus puestos como una bandada de... patos marruecos. (No se rían. ¿Ustedes no los han visto en la estancia, rojos y enfilados?). Hay un minuto de silencio profundo como el que precede a las batallas. En todos los rostros tenaces se lee la voluntad del esfuerzo. (¿Ustedes piensan que es poco educativo ese ejercicio de energía, esa voluntad de vencer, esa práctica del esfuerzo colectivo? ¿Usted cree que se necesita poca energía para continuar animosamente un partido que va 3 a 0? La energía es una virtud natural que se acrece por repetición de actos; y el saber querer con vigor, aunque sea ganar un partido, es muy buena cosa, tío). Pero he aquí que un silbido hiende el aire y la pelota da un brinco y tres jugadores se lanzan sobre ella como tres leones...
                —Y empieza una behetría de carreras, patadas, caídas y gritos, que dura hora y media de la más monótona y sonsa manera que del cerebro de un inglés esplenético pudo brotar. Excepto el caso en que la aridez se rompa con algún incidente divertido, como piernas rotas,
insultos, botellas tiradas por el público o trenzada de dos jugadores a puñete limpio. Si, lo he visto       — No hay tal aridez, tío. No hay tal confusión. De las botellas tiene la culpa la policía. Por encima de aquel conjunto de movimientos variadísimos, de las carreras precisas, de los saltos atrevidos, de los ataques y de las defensas, de los limpios esguinces (gambetas en italiano), de los golpes poderosos al balón derecho al blanco como una bomba dorada que en inglés se llaman chutes, hay una voluntad ordenadora, hay un jefe, tío, y hay una idea. Mejor dicho dos jefes en lucha entre sí, mayor belleza. Por eso un buen partido de fútbol tiene tanta unidad como un drama, con sus peripecias y su desenlace, y por eso oprime los pechos y arranca gritos. Así como en cada jugador hay una voluntad tensa hacia un fin, que preside el juego de los músculos elásticos (¡oh, el cuerpo humano es hermoso, es una maravillosa criatura de Dios, tío, más hermosa que una puesta de sol!), así también hay en el team una voluntad superior que unifica a los Once, que les ha repartido su puesto eficaz, que trabaja por medio de ellos y hace por ellos lo que por sí no podría hacer. Eso es gobernar, tío; ese es el placer, el arte, y el dolor de gobernar. ¡Las cosas que yo aprendí siendo capitán del team "Coscorrones"! El capitán tiene que ser el más disciplinado, el más animoso y el más sufrido de todos, porque su voluntad debe ser el sostén de las otras, que son como su prolongación. Manda a todos pero también tiene que someterse a todos, siervo de los siervos de Dios, como el Papa. "Ninguno manda bien sino el que sirve a todos", dijo otro poeta inglés.
Some beneath the further stars
Bear the greater burden:
Set to serve the lands they rule
(Save he serve no man may rule)
Serve and love the lands they rule,
Seeking praise nor guerdon...
                                                 KIPLING
                Mi tío ya iba de capa caída y me miraba sonriendo de mi elocuencia.
                Es que también yo me estaba sobrepujando a mí mismo.
                —El fútbol no consiste en la fuerza bruta, dije. Mire los que juegan mejor en el Colegio: Miglioli Juan, Pérez, Ferrer Pedro, Méndez Carlos, Noriega, yo mismo... ¿Soy un buey, yo? ¿No soy un tipo elegante, Chela?
                —Ja, ja—dijo mi tío—.Buenos estamos. ¿Qué le vamos a responder a este abogadillo impetuoso?
                —Nada, tío. Es inútil. Hay que embromarse. Lo tengo bien estudiado, he leído libros y oído a personas que entienden; y sobre todo lo he vivido y lo he visto...
                —Jugando despacio y con buenas maneras — dijo mi hermana—, dice la Madre Hortensia que el fútbol no es malo. Pero esos modos guarangos, muía y patadura, que querés que te diga, a mí no me gustan.
                —No seas pata, Chela — le dije — , esos modos representan una sanción social que vos no entendés. ¿No ves que esos apelativos son un medio de educación un poco rudo que usan entre sí los muchachos? "Los muchachos se educan unos a otros mucho más de lo que nosotros podríamos y osaríamos", dijo un gran educador inglés. ¿No ves vos que un muchacho inurbano o abusador, se va ganando poco a poco la fama de muía; y después viene una elección de team y ninguno lo quiere elegir? "Es un muía (dicen los dos capitanes), no sirve". Y el pobre se lleva un calor negro, y aprende... que pocas faltas quedan sin castigo en este mundo, aunque el castigo no sea siempre inmediato; que existe una sanción social para las faltas contra la sociedad, que consiste en la opinión de los otros; y que la fama es un bien precioso que todo hombre debe velar por conservar íntegro. Chela mía, ¿qué sabes vos de confituras si nunca has sido confitera?
                Y volviendo sobre mi tío, como Napoleón sobre Brunswick en la batalla de Jena, le di la última carga.
                —Tío, los que dicen que los espectáculos atléticos embrutecen son unos atrofiados. Las multitudes han tenido siempre espectáculos. ¡Ojalá que el football y aún el box -sí, el box-derrotaran para siempre al cine nervioso y afrentoso y se hicieran nuestros espectáculos nacionales! Los asirios, tío, admiraron a Asurbanipal el cazador de leones; los griegos a Milón el atleta en la palestra; los romanos a Galo el reciario en la arena; los bizantinos a Critias el cochero en el circo; la Edad Media a Ricardo Lionhearted en el torneo... ¿por qué no hemos de admirar nosotros a Tesorieri el arquero en elfied y a Firpo en el ring, cuando admiran ustedes los españoles a Belmonte el espada en el redondel?
                —¡Pasando por alto lo del Belmonte, a quien yo no admiro ni tampoco ningún español que se respete — gritó mi tío indignado—, conste que no es lo mismo admirar a Tesorieri que admirar a Firpo! ¡Oh, el box, no, el box, eso sí que no!
                —¿A que lo convenzo, tío, que el box sí?... Porque así como el Fútbol es la Disciplina, el Box, tío, es la Iniciativa...
                —¿A que no me convences?
                —¿Qué me da usted si le escribo una "Defensa del Box" con razones razonables y convincentes?
                —¿Qué quieres tú que te dé, si las razones me convencen!
                —¿Me compra ese par de guantes de box de trece pesos
que está ahí en el catálogo de Harrods?...

Tomado de: Leonardo Castellani, “La reforma de la enseñanza”, Vórtice, Buenos Aires, 1993, pp. 189-196. [Gentileza Luciano Gallardo.]