Punto de encuentro de todos aquéllos que estén interesados en vida y obra del Padre Leonardo Castellani (1899-1981)

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martes, 31 de julio de 2012

Dulcinea Argentina

IMPORTANTE: La siguiente obra tiene derechos de autor. Autor que, si no nos han informado mal, pretende vivir de su arte. Por lo que rogamos encarecidamente a nuestros lectores y amigos que eviten "copiar". A la siguiente imagen le hemos reducido la calidad por si llegase a ser "robada" mediante un motor de búsqueda u otro mecanismo. Pinchar en ella para verla con mejor definición y leer las explicaciones de su autor.



lunes, 30 de julio de 2012

"Totum diem in Dei laudibus sacrisque colloquiis ducentres"


La gran conversación. Newman/Castellani

  • › Autor: Sebastián Randle
  • › Editorial: Vórtice
  • › Lugar: Buenos Aires
  • › Año: 2005
  • › ISBN: 987-9222-23-7
 
 

Índice

Es una larga conversación, de cabo a rabo. No tiene índice, salvo al final, uno temático y otro onomástico, para ayudar un poco al lector minucioso.
 
 

Reseña

Randle no pudo evitar, trasegados los años, las lecturas y las charlas, poner frente a frente a estos dos enormes amigos distantes para pasar horas y eones conversando sobre... sobre todo, desde el Paraíso a la Parusía, pasando por la patria temporal del hombre y todo amor digno de ser dado a conocer.
(en preparación la versión digital)
 

Disponibilidad

    Datos Técnicos

    128 pgs. | 14 x 20 cm.

    Otras obras del autor

    jueves, 26 de julio de 2012

    "Los Duques" (de Chesterton)


    Original traducción del P. Castellani a Dukes de Gilbert Keith Chesterton. He aquí la traducción de 1940, recopilada en Crítica literaria:

    El duque de Chambertin-Pommard era la minúscula pero vivaz reliquia de una familia realmente aristocrática, cuyos miembros fueron casi ateos hasta el tiempo de la Revolución Francesa, pero desde este suceso, tan benéfico en algunos aspectos, eran extremadamente devotos. El Duque era un realista, un nacionalista y un patriota acendrado-dése estilo que consiste en predicar constantemente que la patria está no tanto en peligro cuanto del todo arruinada. Escribía chispeantes articulemos en la prensa maurrasiana titulados: El Fin de Francia o La última alerta y todo eso, y estaba dando la última mano a un cuadro del Kaiser galopando sobre una alfombra de postrados parisienses, con un fulgor de patriótica exultación. Era sumamente pobre y hasta sus amigos y relaciones eran impechables. Paseaba vivazmente hasta una modesta fondita para sus diarias comidas y allí tenía el aspecto de uno cualquiera. 
    Viviendo en una comarca donde no existe aristocracia tenía una alta opinión de ella. Añoraba las espadas y las estatuarias maneras de los Pommards antes de la Revolución-muchos de los cuales habían sido (en teoría) republicanos. Pero todavía con más práctica afición se volvía hacia una región de Europa donde la tricolor nunca llegó a flotar y los hombres nunca fueron torpemente igualados delante la ley. La miel y el consuelo de su vida era Inglaterra, que toda Europa mira como la única pura aristocracia sobreviviente. Tenía además un vago gusto por el deporte y criaba un dogo inglés, creyendo que el inglés era una raza de dogos, de heroicos hidalgos y corajudos mesnaderos, porque leía todo eso en los diarios ingleses conservadores, escritos por exhaustos tinterillos semitas. Pero su principal lectura era desde luego en los diarios conservadores franceses, y fue allí donde se enteró del horrible asunto del Budget. Allí leyó la confiscatoria revolución planteada por el Gran Lord Guardasellos, el siniestro Lloyd Georges. También leyó cuán caballeroso el Príncipe Sir Arturo Balfour de Burleigh había desafiado a este demagogo, apoyado por Austen el Lord Chamberlain y el gayo y agudo Walter Lang. Y siendo un listo partidario y un periodista capaz, decidió hacer una visita a Inglaterra y reportar a su periódico acerca de la batalla. 
    Rodó por una eternidad en campo abierto, entre hermosos bosques, con, en el bolsillo, una presentación a un Duque que debía presentarlo a otro Duque. Las interminables innumerables galerías de azarosos pinares le daban la extraña impresión de ser transportado por los incontables corredores de un sueño. Pero el vasto silencio y la frescura curaban su irritación contra la inquietud y fealdad urbana. Parecía un propio escenario para el retorno de la caballería. En tal foresta podía un Rey con corte y todo perderse cazando, o un andante caballero perecer sin más compañía que Dios. El mismo castillo donde abordó era un poco más reducido de lo esperado, pero lo hechizó con su perfil almenado y romántico. Iba ya a saltar, cuando alguien abrió dos enormes valvas a un lado y el vehículo rodó rápido adentro. 
    -¿No es la casa? -preguntó al cochero.
    -No, señor -dijo el cochero controlando una sonrisa-, es el puesto.
    -Ah, sí -dijo el Duque de Chambertin-Pommard-. Aquí es donde comienza la tierra del Duque.
    -¡Oh, no! -dijo el hombre, enteramente boleado-. Hemos estado en tierras de Su Alteza todo el día. 
    El francés agradeció y se reclinó en el carruaje, sintiendo como si toda cosa fuese inmensamente vasta y grande, como Gulliver en el país de los Gigantes. 
    Aportaron al frente de una larga fachada de un edificio más bien severo, y un hombrecillo negligente en cazadora y bombacha descendió rápido los escalones. Llevaba flojos bigotes rubios y azules opacos aniñados ojos: sus facciones eran vulgares, pero su acogida extremadamente amable y hospital. Era el Duque de Aylesbury, quizá el terrateniente mayor de Europa, y conocido sólo como gran criador de caballos antes que empezara a escribir cartitas a los diarios acerca del Budget. Condujo arriba al Duque francés, parlando nonadas con cordialidad, y allí le presentó otro más importante oligarca inglés, que se alzó de un escritorio con un elance levemente senil. Tenía calva luciente y anteojos, media cara enmascarada con una corta barba oscura, que no escondía una sonrisa de agrado, no desprovista de rigor. Pendía un poco al caminar, como un viejo empleado o cajero; y aun sin el talonario de cheques en su mesa, habría dado la impresión de un negociante o mercader. Vestía un ligero terno gris. Era el Duque de Windsor, el gran estadista conservador. Entre estos dos amigables compinches, el pequeño galo estaba erguido en su levitón negro, con la monstruosa gravedad de la ceremonia francesa. Esta rigidez llevó al Duque de Windsor a ponerlo cómodo (como a un subalterno) y a decir, frotando las manos: 
    -Encantado con su carta... encantado. Muy satisfecho si puedo proporcionar a usted... este... algunos detalles.
    -Mi visita -dijo el francés- difícilmente permitirá el metódico agote del detalle. Voy detrás de la idea. La idea, que es siempre la cosa inmediata. 
    -Exactamente -dijo el otro enseguida-, exactamente... la idea.
    Sintiendo vagamente que era su turno (el inglés habiendo dicho todo lo que se podía esperar), Pommard continuó: 
    -Quiero decir, la idea de aristocracia. Yo consideró ésta como la última gran batalla por la idea. La aristocracia, como todo lo demás, debe justificarse ante la humanidad. La aristocracia es algo bueno, porque mantiene una pintura de la dignidad humana en un mundo en que tal dignidad está por todo ofuscada por serviles menesteres. Sólo la aristocracia mantiene una alta reticencia de cuerpo y alma, una cierta noble reserva entre los sexos, por ejemplo. 
    El Duque de Aylesbury, que tenía un nebuloso recuerdo de haber chuflado un sifón de soda descote abajo de una Condesa la noche antes, parecía un poco mohino, como si lamentara el espíritu teórico de la raza. El Duque más viejo se rió cordialmente y dijo: 
    -Bien, bien, usted sabe: nosotros ingleses somos horriblemente prácticos. Para nosotros la gran cuestión es la tierra. Aquí en el campo... ¿conoce usted esta parte? 
    -Sí, sí -dijo el francés vivamente-. Comprendo lo que dice. ¡El campo! ¡La antigua vida simple de la humanidad! ¡Una cruzada contra las sucias apretadas urbes! ¿Qué derecho tienen esos anarquistas para atacar vuestras sólidas y prósperas campañas? ¿Acaso todo no ha prosperado bajo vuestra dirección? ¿Y acaso las aldeas inglesas no devienen día a día más grandes y alegres bajo la entusiasta conducción de vuestros dinámicos Squires? ¿No existen las Fiestas Mayas? ¿No existe la Gaya Inglaterra? 
    El Duque de Aylesbury hizo un ruido en la glotis y luego dijo distintamente: 
    -Todos se van a Londres.
    -¿Todos se van a Londres? -repitió Pommar con mirada absorta-. ¿Por qué? 
    Esta vez nadie respondió y Pommard tuvo que partir de nuevo. 
    -El espíritu de aristocracia es esencialmente opuesto a la codicia de las grandes ciudades industriales. Sin embargo, hay hoy día en Francia uno o dos nobles tan viles como para mercantear carbón o tejidos y mercantear fuerte. 
    El Duque de Windsor miró la alfombra. 
    El Duque de Aylesbury fue y miró afuera de la ventana. Al fin el último dijo: 
    -Vea, eso es medio duro. Uno tiene también que rebuscárselas en la ciudad.
    -¡No diga eso! -gritó el pequeño francés irguiéndose-. Yo les aseguro que toda Europa es una viva batalla entre el negocio y el honor. Si no luchamos por el honor ¿quién luchará? ¿Qué otro derecho tenemos nosotros patudos pecadores a títulos y cuarteles en el escudo, anoser el que estamos mal que bien sosteniendo en el mundo cierta idea de dar cosas que no pueden exigirse y evitar cosas que no pueden castigarse? Nuestra única obligación es que somos una valla en toda la Cristiandad, contra el judío prendero y mercachifle, contra los Goldstein y los... 
    El Duque Aylesbury se volvió redondo, las manos en los bolsillos. 
    -Oh, pucha -dijo-; usted ha estado leyendo a Lloyd George. Nadie si no es un chancho comunista puede decir una palabra contra Goldstein. 
    -Y yo no puedo permitir por cierto -dijo el Duque viejo lamentándose medio temblón- que el respetado nombre de Lord Goldstein... 
    Quería ser impresionante; pero había algo en los ojos del francesilla que no es fácilmente impresionable: brillaba allí ese acero vivo que es el alma de Francia. 
    -Caballeros -dijo-, me parece que ahora tengo los detalles. Habéis regido Inglaterra por cuatrocientos años. Por confesión propia, habéis vuelto la campaña inglesa invisible a hombres. Por confesión propia, habéis ayudado al triunfo de la urbe, del humo y de la confusión. Por confesión propia sois carne y uña con esos prestamistas y esos aventureros, que tenerlos a raya es la única misión y justificación en este mundo del caballero. Yo no sé lo que hará con vosotros vuestro pueblo. Mi pueblo os daría muerte. 
    Algunos minutos después estaba fuera de la casa ducal; y algunas horas luego fuera de la hacienda ducal.
     

    lunes, 23 de julio de 2012

    De Prada sobre el fariseísmo en "Los Papeles de Benjamín Benavides"


    http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/20120722/prueba-dura-3093.html


    Juan Manuel de Prada
    JUAN MANUEL DE PRADA

    La prueba más dura

    llave


    Algunos de mis amigos se han apartado de la práctica religiosa, o incluso han renegado de la Iglesia 'institucional', porque han descubierto en muchos católicos una inconsecuencia fatal entre la fe que aseguran profesar y las obras por las que, según reza el Evangelio, se deben distinguir los verdaderos discípulos de Jesús. Este mal del fariseísmo metido en el corazón de la Iglesia es sin duda el más grave de cuantos corrompen la fe, y el más difícil obstáculo para la evangelización: no en vano Jesús hizo de la lucha contra el fariseísmo un empeño personal constante (no hay pecado que reciba más condenas y execraciones en su predicación); y no en vano sus detractores más enconados, quienes finalmente lo llevaron a la Cruz, fueron los fariseos maquinadores, que no soportaban su denuncia implacable y acérrima: raza de víboras, sepulcros blanqueados, etcétera.
    El fariseísmo es la causa principal de la apostasía generalizada que aflige a la Iglesia; a esta causa endógena se suman, por supuesto, otras muchas exógenas que, sin embargo, se derrumbarían como un castillo de naipes si la gente que es incitada a desertar de la fe descubriera entre quienes se supone que no hemos desertado una auténtica comunidad de fe y vida, una congruencia natural entre lo que decimos y lo que hacemos. Por supuesto, no debemos confundir las inevitables debilidades de la naturaleza humana, consecuencia de nuestra condición pecadora, con el fariseísmo, que es más bien lo contrario: pues el fariseo suele ser persona soberbia y de corazón endurecido que se cree invulnerable a las asechanzas del pecado que afligen al resto de los mortales; y desde esta atalaya de engreimiento construye una religiosidad de pura fachada, una especie de fe desecada, esclerotizada, que acaba convirtiéndose en impostura. Leonardo Castellani, que nunca se cansó de denunciar el fariseísmo, estableció en su grandiosa obra Los papeles de Benjamín Benavides una gradación de este mal corruptor sumamente ilustrativa: 1) La religión se vuelve meramente exterior y ostentatoria; 2) La religión se vuelve profesión y oficio; 3) La religión se vuelve instrumento de ganancia, de honores, poder o dinero; 4) La religión se vuelve pasivamente dura, insensible, desencarnada; 5) La religión se vuelve hipocresía, y el 'santo' hipócrita empieza a despreciar y aborrecer a los que tienen religión verdadera; 6) El corazón de piedra se vuelve cruel, activamente duro; y 7) El falso creyente persigue a los verdaderos creyentes con saña ciega, con fanatismo implacable. En esta gradación, Castellani distingue entre los tres primeros peldaños, que son los más tristemente habituales, y los cuatro últimos, que califica con razón de diabólicos.
    Del fariseísmo de 'primera velocidad' todos tenemos experiencia cotidiana: es la religión convertida en fachada y aspaviento, la sal que se vuelve sosa, el «profesionalismo de la religión» que decía Thibon: es un mal que prospera sobre todo en circunstancias en las que la fe obtiene un reconocimiento social; y en donde, a la vez que una multitud de no creyentes impostan ciertos gestos externos de afectada religiosidad o rutinario clericalismo, unos cuantos avispados aprovechan para sacar tajada y hacer negocio. En épocas como la nuestra, en las que la religión deja de tener el reconocimiento social de antaño, este fariseísmo de 'primera velocidad' tiende a desaparecer, aunque conserva su radio de acción de puertas adentro; en cambio, el fariseísmo de 'segunda velocidad', el más terrible y odioso, se desarrolla con una pujanza voraz y busca las estructuras de poder de la Iglesia, haciéndose a veces, incluso, con las varas de mando. Ya no tiene nada que ver con la hipocresía untuosa, con la santurronería adulona, con la ambicioncilla o intrigilla clericaloide (aunque, desde luego, las incluye), sino que se regodea en la perfidia y en el crimen, en la persecución inquisitorial del justo y en la traición de la verdadera fe, de la que el fariseo se presenta paradójicamente como su cumplidor más celoso. De la actividad de estos fariseos de segunda velocidad no tenemos una experiencia cotidiana visible, puesto que se desenvuelven en lugares donde la fe se torna burocracia y negociado; pero los efectos de su actividad contaminan toda la obra de la Iglesia. Y, cuando uno se topa con uno de estos fariseos, aunque su fe sea robusta como un roble, tiembla como un frágil junco. Es la prueba más dura a la que podemos enfrentarnos.

    jueves, 19 de julio de 2012

    Sobre el valor de las conferencias y los artículos... y el silencio




    Yo doy gracias a la Providencia de haber pasado dosaños como interno —no como internado— en el Manicomio de Santa Ana de París, lo cual me ha habilitado enormemente a entender al mundo moderno. Según los psiquiatras hay actualmente en Buenos Aires 50.536 locos sueltos, sin contar los que no entran en las estadísticas.

    Este hecho simple hace sumamente peligrosas en la Argentina todas las cosas que pueden interpretarse a lo loco, empezando por las Revoluciones y acabando por las conferencias y los artículos. Yo no niego que sea lícito dar una conferencia o escribir un artículo con greguerías o juegos de palabras en una sala de Buenos Aires, donde según el cálculo de probabilidades tiene que haber por fuerza 2 ó 3 de los 50.536. Pero afirmo que hay que tener cuidado exquisito, y estar seguro de que ésa es la misión que uno tiene de Dios; porque de lo contrario puede salir de allí algún taita de los 50.000 con una palabra atravesada, entenderla al revés, sacar un revólver y empezar a tirar tiros al aire.

    Hay que inventar o restaurar de nuevo las conferencias en silencio. Las conferencias en silencio son las buenas obras.

    No conoce el arte de escribir artículos el que ignora el arte de romper un artículo.

    Esta meditación la hice el domingo pasado a la mañana para determinar si debía o no seguir escribiendo artículos. Como ven ustedes el resultado fue otro artículo.

    martes, 10 de julio de 2012

    En el día de la patria


    El disparate de nuestros “próceres” anti tradicionalistas nos vino de España misma: aunque el modelo que se tomó aquí (después de Rivadavia) fue “la Francia” o los Estados Unidos: para desmadrarnos. En la España de Carlos III y sucesores se dio por muerto al pasado, y como ideal, la creación de una nación NUEVA, sobre la base de una “ideología”, el iluminismo. (…) Nuestros “próceres” no partieron tan siquiera a buscar una patria que tenían delante: partieron a buscar una ideología.

    Notas a caballo de un país en crisis.

    viernes, 6 de julio de 2012

    Una introducción en inglés, por "Jack Tollers"


    Fr. Leonardo Castellani: an introduction

    Cover for 'Fr. Leonardo Castellani: an introduction'
    By Jack Tollers
    Published by Jack Tollers
    Rating: Not yet rated. 
    Published: July 05, 2012 
    Words: 8935 (approximate)
    Language: English


    Description

    It's a real shame: that Fr. Leonardo Castellani is practically unknown by English-speaking Catholics around the world (and that so little of his wonderful work has been translated). So here's Jack Toller's effort to break the ice with an introduction of sorts and three of his essays. 

    Tags

    catholic priestgreat intellectualscatholics and the end of times 

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    jueves, 5 de julio de 2012

    STAT VERITAS: Mi deber de religión.

    STAT VERITAS: Mi deber de religión.: “Yo, Presidente, no quiero meterme en política; y cuando quisiera, no podría ni sabría. Pero es mi deber, también con compromiso de mi salvación eterna, meterme en religión. [Seguir leyendo]

    miércoles, 4 de julio de 2012

    Sobre el "Milenismo"


    En el último programa de "Lágrimas en la lluvia", conducido por el escritor Juan Manuel de Prada (en el canal español Intereconomía TV), se trató sobre la cuestión del Milenarismo. En la primera parte, se habló bastante de la postura del Padre Leonardo Castellani al respecto, especialmente en boca del conductor y del comentarista Miguel Ayuso.


    En los siguientes enlances pueden verse la y 3ª parte del programa para ver el resto.

    martes, 3 de julio de 2012

    lunes, 2 de julio de 2012

    Juan Sasturain sobre Castellani


    [...]

    En este primer programa aludías a Parodi, el personaje de Bustos Domecq, y le subrayabas el humor. ¿Dirías que el humor es un rasgo que distingue al policial argentino?
    –No, no me parece. Creo que Borges, Castellani o Walsh son escritores que simultánea y previamente son lectores cultos, informados, que se acercan al policial con ese bagaje, y que eso deriva en una tendencia que va desde lo paródico –en el caso más aparatoso– a la cita tácita de otros textos. Son textos que están recortados sobre el mapa de la literatura, y entonces aparece el guiño, cierto grado de jovialidad. Incluso en nuestra generación, con Soriano, Martini, están las marcas de lo que hemos leído. En algunos casos es más aparatoso, como en Triste, solitario y final, o en el Etchenique mío, que es un lector que se convierte en detective. Eso produce un distanciamiento que posibilita que no haya tragedia, que siempre haya cierto grado de juego y, por lo tanto, humor. Que dé para la joda. Sí, es probable que algo de eso haya. Pero no me parece determinante.

    ¿Cuál te parece el mejor personaje del policial argentino?
    Me gusta mucho el de Castellani, el cura Metri, que está basado en un jesuita que existió a principios de siglo y era del Chaco santafesino. Las nueve muertes del padre Metri es un libro de cuentos que escribió en los años ’30 y ’40, tomando como modelo, claro, al padre Brown. Castellani es muy buen escritor, lo mete muy bien en clima, lo hace ser “profundamente argentino”, un personaje que no está disociado de su espacio, que está ahí cuando las cosas pasan y tiene que ver con el desarrollo natural de las circunstancias. Y como el de Chesterton, tiene la misma vocación ética, la pretensión de la parábola, y muchísimo color genuino. Y el otro que me gusta, obviamente, es Parodi, que ya desde el nombre remite a su condición de construcción paródica. Parodi es tomar los detectives extremos de la novela problema, el que era ciego, aquel que no se movía de su casa, y entonces llevarlo a que está preso, hacer el último chiste. Y si Mrs. Marple es buena detective porque es una vieja chismosa, éste lo es porque es peluquero, y en la peluquería la gente cuenta sus chismes. Además es quinielero, toma mate... Es una construcción absolutamente literaria. Y hay con él, además, una pretensión de registro a través de las inflexiones verbales, de los registros del habla, de hacer una especie de panorama de ciertos comportamientos sociales y el uso de la lengua. Que es la joda que les interesaba a Borges y a Bioy cuando lo escribían.

    Para leer el reportaje completo aquí.